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O jugamos todos o rompemos la baraja.

Publicado: 13 febrero, 2009 en Otros...
 
O jugamos todos o rompemos la baraja.
 
El disfraz de eso que llaman democracia. Eso es lo que ocurre hoy en dia en un pais que se dice libre.
 
Vestidito de democracia hay un pais en el que cortar y censurar la palabra al pueblo y del pueblo parece que se ha convertido en el pan nuestro de cada dia, ante el estupor de unos pocos y la conformidad de otros muchos. Y lo peor aún, lo llaman democracia. ¡Ja! Tenía yo entendido que la democracia era algo así como dejar al pueblo decidir, algo en lo que la voz de la calle predominaba por encima de cualquier otra cosa. Pero bueno, eso serán pajaros que me habré montado yo en la cabeza. No habia caido en que democracia se le llama a impedir a una opción politica presentarse ante el jurado popular para que este, el pueblo, lo juzgue y luego decida si brindarle su apoyo o no. A estas alturas de la vida me entero de que eso no funciona así, ahora me entero de que la voz, palabra y deseo de la gente de la calle ni siquiera merece un intento de ser escuchada, me entero ahora de que la democracia no es mas que un disfraz vestido por un puñado de maleantes egocentristas que deciden quien puede y quien no puede hablar, que idea y cual no puede jugar en su tablero personal. Me entero ahora de que democracia se le llama a callar la voz de buena parte de una sociedad, ignorarla y menospreciarla por no entrar en las reglas del juego, su juego, que ellos mismos han escrito para que solo ellos puedan ser los vencedores.
 
¡Y luego se quejarán! Pues bien, que se quejen, pero hay una cosa que ya de sobra tienen que conocer, y es que cuando no se deja paso a la voz, cuando la palabra queda censurada, puede que unico camino para hacerse ver y entender sean las armas.
 
O jugamos todos o rompemos la baraja.
 
 
Tximas
 
 
Zezengorri
Zezengorri (toro rojo) es un ser que vive en cuevas. Adopta forma de vaca o toro y protege las moradas de Mari, cuevas y otros lugares "misteriosos" de la geografía vasca. Hay personas que creen que es la propia Mari. Cabe destacar que el toro ha sido muy importante en toda la cultura del sur de Europa.
La más frecuente metamorfosis de los espíritus subterráneos es la del toro rojo y/o toro de fuego. Numerosas simas y cuevas de Euskal Herria están guardadas por Zezengorri, que acomete contra quien penetra en ellas o tira piedras a las mismas.
 
Esta creencia se relaciona con Betizu (vaca salvaje) que antaño pastó libremente por nuestras montañas. Por otr lado, Behigorri (vaca roja) se identifica exclusivamente con una aparición de Mari. Aralar, Sara, Etxalar, Ataun, Orozco,… cuentan con leyendas de estos genios.
 

 
Una de ellas dice…
Tres hermanos del caserío Imatzenea (en Ataun, Guipuzcoa) subieron al monte con sus ovejas en viernes santo, a la majada de Ubegi. Estando en las proximidades de la cueva de Ubegi salieron tres toros mitológicos (zezengorri) de la cueva y se dirigieron hacia ellos.
Los tres hermanos, asustados, huyeron hacia la cima Agautz con los toros mitológicos detrás. Uno de los hermanos murió en el paso Aldatsa de Agautz; el segundo en el entorno de Erremedio; y el tercero consiguió llegar a casa pero murió a los pocos días.
 
 
Otra leyenda sobre Zezengorri narra lo siguiente…
 
Hace mucho tiempo vivía en Orozco (Alaba) un ladrón al que su oficio le iba viento en popa. Todos los días conseguía robar algo y siempre se trataba de algo de valor, y sin embargo, por mucho que le buscaran, no conseguían atraparlo…
 
Tenía su guarida en una cueva del monte Itzine y allí iba guardando todos los tesoros robados: monedas de oro, cadenas, anillos, hebillas de brillantes, colgantes de perlas…
 
Algunas veces tenía que alejarse muchos kilómetros de Orozco para cometer sus fechorías puesto que era de sobra conocido en aquella región y en cualquier momento podían echarle el guante los miqueletes que hacían guardia día y noche con el fin de atraparlo. Una de esas veces, en las que se encontraba lejos de su casa, se murió. No dice la historia cuál fue la causa de la muerte pero lo mismo pudo ser un atracón de comida a la que era muy aficionado, como una caída de caballo. El caso es que allí donde murió, allí le enterraron.
 
En cuanto se tuvo en Orozco conocimiento de la noticia, se organizó ina cuadrilla para ir al Itzine en busca del tesoro del ladrón. Pasaron días y días buscando la cueva pero no la encontraron y finalmente, bastante decepcionados, todos los hombres volvieron a casa.
 
Algún tiempo después, llegaron a Orozco unos señores de Bilbao con una serie de mapas y señalizaciones. Fueron al Itzine y en unas pocas horas encontraron la cueva de Atxulaur. ¡Qué alegría y parabienes! ¡Qué buena noticia en el pueblo! Rápidamente, los alrededores de la cueva se llenaron de curiosos y con gran ceremonia y aparato se prodedió a entrar en ella.
 
No bien hubo puesto el primero de la comitiva el pie dentro de la cueva cuando un rugido espantoso, parecido al mugido de un toro bravo pero mucho mas fuerte, le heló la sangre. El hombre retiró el pie.
 
-¿Habéis oido? -preguntó al resto-
-¡Yo sí! ¡Yo sí! -dijo uno- ¡Es el diablo de la cueva!
-¡Qué diablo ni qué ocho cuartos! -respondió otro- .En estos sitios siempre se oyen ruidos extraños, es el viento que se introduce por algín agujero…
-¡Ah! -volvió a decir el primero- puesto que estás tan seguro, ¡ve por delante!
-¡Naturalmente que iré! ¡No faltaría más!
 
Y el valiente penetró decididamente en la cueva. ¡No le dió tiempo ni a contar hasta tres! Apareció un toro dos veces más grande que lo normal y que echaba fuego por las narices. La bestia sopló y escarbó en la tierra con claro ánimo de atacar a los intrusos. Los hombres, que presenciaron aterrados la aparición, dieron media vuelta y salieron corriendo de la cueva.
 
-¿Qué era eso? -preguntó uno.
-¡El diablo! ¡Ya os lo había dicho! -dijo el otro.
-¡Adiós tesoro! -volvió a decir el primero.
-¡De eso nada! -replicó el valiente-.  ¡Entraremos ahí dentro cueste lo que cueste!
 
Volvieron a Orozco y se informaron con los más sabios del lugar. Cada cual daba una versión distinta. Para unos era el diablo, no había duda, ¡llevaba incluso cuernos! Para otros era Mari y ésa era una de sus moradas; para los más escépticos, era un toro normal y corriente que se habría escapado de algún caserío…pero finalmente el más viejo de todos dijo:
 
-Ni diablos, ni Mari, ni toro perdido…es el espíritu del ladrón que ha vuelto a su casa y necesita sus restos para descansar en paz.
 
Así pues, se organizó otra comitiva para ir hasta aquel lugar en donde había muerto el ladrón y regresar con los huesos o los restos que quedasen de él.
 
Volvieron a los pocos días con los restos y los depositaron a la entrada de la cueva; se convirtieron al instante en polvo. De nuevo se aventuraron dentro de la cueva y, con gran alegría, comprobaron que el toro no aparecía, ni se oía el menor ruido pero el tesoro estaba allí, intacto, resplandeciente… Fueron sacando todas las cajas y baúles, repletos de cosas, hasta que no quedó dentro ni una pequeña moneda de medio céntimo. En eso, se oyó una voz, que algunos reconocieron como la del ladrón, dijo:
 
-¡Gracias por haberme sacado el tesoro!
 
Y ante el asombro de todos los allí presentes, cajas y baúles desaparecieron sin siquiera dejar la marca en el suelo.